Historias de lo oculto
Historias de lo oculto —No te preocupes por mÃ, yo voy perfectamente. ¡Eres tú el que ha de fijarse! —dijo, velozmente. En aquel mismo momento, él dio un tremendo bandazo sobre la nieve resbaladiza, pero se las compuso para no caer. Ella le observó, alerta, de puntillas. El sombrero hongo brincó sobre la delgada capa de nieve. Se encontraban debajo de una farola, cerca de la curva. Cuando se zambulló a por su sombrero, mostró una mancha calva, exactamente igual a una tonsura, en su cabello castaño, fino y más bien rizado. Y, cuando levantó la mirada hacia ella, con sus espesas cejas negras enarcadas sardónicamente y su nariz un tanto aguileña en burla consigo mismo, encasquetándose nuevamente el sombrero, parecÃa un joven sacerdote satánico. TenÃa un rostro de hermosas facciones, como un fauno, y una expresión inciertamente martirizada. Una especie de fauno de la Cruz, con toda la malicia de la complicación.
—¿Te has hecho daño? —preguntó ella, a su manera rápida, frÃa, impávida.
—¡No! —aulló él, burlonamente.
—Dame el aparato ¿quieres? —dijo ella, tendiendo su mano enguantada—. Creo que voy más secura.
—¿Lo quieres? —gritó él.
—SÃ, estoy convencida de que voy más segura.