Historias de lo oculto
Historias de lo oculto Le tendió su cajita marrón, que era en realidad un aparato de escucha para su sordera. Ella caminaba erguida como siempre. Él embutió las manos profundamente en los bolsillos de su abrigo y caminó encorvado a su lado, como si no lograra firmeza en las piernas. El camino giraba frente a ellos, limpio y pálido por la nieve bajo las farolas. Pasó un temblequeante automóvil. Unas pocas formas humanas oscuras se deslizaban a los oscuros abrigos de las casas, como peces entre rocas sobre un banco marino de fina arena. A la izquierda había un bosquecillo de árboles que ascendía por la pendiente hacia las tinieblas.
Él recorrió con la mirada los alrededores, adelantando su barbilla finamente moldeada y su nariz ganchuda como si estuviera a la espera de oír alguna cosa. Todavía podía oír al automóvil ascendiendo al Heath. Atajo estaba el resplandor amarillo y hediondo de la estación del metropolitano de Hampstead. A la derecha los árboles.
La muchacha, con su alerta cara rosa y blanca, le miraba profunda e inquisitivamente. Tenía un curioso y nínfico aire inquisitivo, algo así como el de un pájaro, a veces como el de una ardilla, a veces como un conejo; nunca del todo como una mujer. Finalmente, él se quedó inmóvil, como si no fuera a seguir andando. Había una curiosa mueca de desconcierto en su rostro liso y color crema.