Historias de lo oculto
Historias de lo oculto —James —le dijo a ella en voz alta, inclinándose hacia su oÃdo—, ¿no oyes a alguien riendo?
—¿Riendo? —replicó ella, vivamente—. ¿Quién se rÃe?
—No lo sé. ¡Alguien! —aulló él, mostrándole los dientes a su curiosÃsima manera.
—No, no oigo a nadie —proclamó ella.
—¡Pero si es una cosa extraordinaria! —exclamó él, con voz de desigual volumen—. Ponte el aparato.
—¿Que me lo ponga? —replicó ella—. ¿Para qué?
—Para ver si puedes oÃr eso —gritó él.
—¿OÃr qué?
—La risa. Alguien que rÃe. Es una cosa extraordinaria.
Ella se rió con aquel breve cloqueo extraño y le tendió el aparato. Él lo sostuvo mientras ella abrÃa la tapa y conectaba los cables, y se ponÃa la pieza abrazadera en la cabeza y los auriculares en los oÃdos como un operador de telegrafÃa sin hilos. Migas de nieve caÃan en las frÃas tinieblas. Conectó, y las lucecillas de los tubos de vidrio brillaron en el aparato. HabÃa conectado, escuchaba. Él se quedó inmóvil, con la cabeza gacha y las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta.