Historias de lo oculto

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se cerraron sus ojos tranquilos: veía

un alba que no es la nuestra.»

Y en su rostro de monje, inmutable y atormentado, no había rastro del desprecio que sentía, incluso autodesprecio, por aquel paso de lo sublime a lo ridículo, según el juicio de su mente crítica.

Estaba en Italia. Contempló el paisaje con leve aversión. Incapaz de sentir más intensamente, sentía tan sólo un gustillo de aversión al ver los olivos y el mar. Una especie de estafa poética.

Había vuelto a caer la noche cuando llegó a la casa de las Hermanas Azules, que Ofelia había elegido para retirarse. Le condujeron hasta el despacho de la madre superiora, en el palacio. La monja se puso en pie y le dirigió una silenciosa inclinación de cabeza, mirándolo de frente. Luego dijo, en francés:

—Me apena decírselo. Ha muerto esta tarde.

Él se quedó inmóvil, sin ningún sentimiento demasiado intenso, de cualquier modo, pero mirando el vacío desde su hermoso rostro de monje de fuertes rasgos.

La madre superiora le puso suavemente su blanca y hermosa mano en el brazo y le miró al rostro, apoyándose en él.

—¡Valor! —dijo, dulcemente—. Valor, ¿no?

Él dio un paso atrás. Siempre le asustaba el que una mujer se apoyara en él de aquel modo. La madre superiora, con su voluminoso ropaje, era muy mujer.


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