Historias de lo oculto
Historias de lo oculto Las tres hermanas se juntaron en silencio, pero revoloteantes y muy femeninas, con sus voluminosas faldas de seda negra, al lado de la cabecera. La madre superiora se inclinó, y, con extrema delicadeza, alzó el velo de estopilla blanca que cubría el rostro muerto.
Matthew vio la hermosa serenidad de la muerte en el rostro de su mujer, y, al instante, algo parecido a la risa brincó en las profundidades de su ser, emitió un leve quejido, y una extraordinaria sonrisa se abrió en su rostro.
Las tres monjas, a la luz de las velas que temblaba cálida y veloz como un árbol navideño, le observaban con miradas de profunda compasión por debajo de las viseras de sus cofias. Eran como un espejo. En seis ojos apareció un ligero temor sobresaltado, y luego los seis pasaron, desconcertados, al asombro. Y en las caras de las tres monjas, irremediablemente encaradas con él a la luz de las velas, empezó a asomar una extraña sonrisa involuntaria. En las tres caras, la misma sonrisa crecía de modos muy distintos, como tres flores primorosas que se abren. En el caso de la monja joven, era casi congoja, con un toque de travieso éxtasis. Pero el moreno rostro liguriano de la monja que velaba, una cejijunta mujer madura, se rizó en una sonrisa pagana, lenta, infinitamente sutil en su humor arcaico. Era la sonrisa etrusca, sutil y descarada, e incontestable.