La serpiente emplumada

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CAPÍTULO XIX

EL ATAQUE A JAMILTEPEC

De repente, casi todos los soldados desaparecieron del pueblo: había una «rebelión» en Colima. Un tren había sido detenido y muchos pasajeros, asesinados. Y ciertos militares, los generales Fulano y Zutano*, se habían «pronunciado» contra el gobierno.

¡Inquietud en el aire! Todo el mundo disfrutando de periódicos escalofríos de miedo! Aparte de estos escalofríos, todo continuaba como de costumbre. La iglesia permanecía cerrada y muda. El reloj no funcionaba. De improviso el tiempo dejó de existir, los días pasaban desnudos y eternos, al viejo estilo no mensurado de antaño. Los días extraños, no medidos, no registrados, no contados, del antiguo mundo pagano.

Kate se sentía un poco como una sirena que intentase nadar en un elemento hostil. Iba a la deriva, arrastrada por una silenciosa marea hacia el antiguo letargo antediluviano en que las cosas se movían sin contacto. Ella se movía y existía sin contacto. Incluso el toque de las horas se había detenido. Del mismo modo que un náufrago no ve nada más que agua, Kate no veía otra cosa que la superficie de las aguas.


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