Arsenio Lupin - 813

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Contemplaba cómo la joven cuidaba de su amiga. Era una muchacha rubia, de aspecto sencillo, con el rostro dulce y grave y una luminosidad que animaba sus rasgos incluso cuando no sonreía.

«Ésta es Genoveva», se dijo el príncipe.

Y se repitió para sí, todo emocionado: «Genoveva…, Genoveva…».

Mientras tanto, la señora Kesselbach se reponía poco a poco. Sorprendida primero, pareció no comprender lo que veía. Luego recuperó la memoria y haciendo una señal con la cabeza dio así las gracias a su salvador.

Entonces el príncipe se inclinó profundamente, y dijo:

—Permítame presentarme… Soy el príncipe Sernine.

La señora Kesselbach respondió en voz baja:

—No sé cómo expresarle mi agradecimiento.

—No expresándolo, señora. Es a la casualidad a la que hay que darle gracias…, la casualidad que dirigió mis pasos, cuando paseaba, hacia este lado. ¿Me permite ofrecerle mi brazo?

Unos minutos después, la señora Kesselbach llamaba al timbre en la mansión de la residencia y le decía al príncipe:

—Voy a pedirle a usted un último servicio, señor. No diga usted nada a nadie de esta agresión.


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