Arsenio Lupin - 813

Arsenio Lupin - 813

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—¡Ah! De una pedrada mataba dos pájaros. El preparar un salvamento de una persona me costaba tanto como hacerlo para dos. Piensa en lo que he necesitado en tiempo, en esfuerzos, quizá inútiles, para conseguir deslizarme dentro de la intimidad de esta criatura. ¿Qué era yo para ella? ¿Qué podría ser yo todavía? Un desconocido…, un extraño. Pero ahora soy su salvador. Y dentro de una hora seré… su amigo.

La anciana se puso a temblar. Luego dijo:

—Así pues…, tú no has salvado a Genoveva… Así vas a mezclarnos en tus líos…

Y de pronto, en un acceso de rebeldía, agarrándolo por los hombros, le dijo:

—Pues no, ya tengo bastante, ¿entiendes? Tú me trajiste a esta niña un día diciéndome: «Aquí la tienes…, te la confío… Sus padres han muerto… Ponía bajo tu cuidado». Pues bien: ya lo está; ya está bajo mi cuidado, y sabré defenderla contra ti y contra todas tus intrigas.

En pie, con todo aplomo, con los dos puños crispados y el gesto resuelto, la señora Ernemont parecía dispuesta a todas las eventualidades.

Tranquilamente, sin brusquedades, el príncipe Sernine se desprendió una tras otra de las dos manos que lo sujetaban y a su vez tomó a la anciana por los hombros, la sentó en una butaca, se inclinó hacia ella y en tono muy tranquilo le dijo:


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