Arsenio Lupin - 813
Arsenio Lupin - 813 —¡Cómo! Pero si yo te habÃa dicho que la dejaras abierta…
—La dejé abierta, jefe, pero el batiente se cerró solo.
—¡Imposible! HabrÃamos oÃdo el ruido.
—¿Entonces?…
—Entonces…, entonces…, yo no sé…
Se acercó.
—Veamos…, hay una llave…, y gira. Pero del otro lado debe de haber un cerrojo.
—¿Quién lo habrá echado?
—Ellos, ¡pardiez! Detrás de nosotros. Quizá ellos tienen otra galerÃa a lo largo de esta misma…, o bien se hallaban ocultos en ese pabellón deshabitado… En fin, que estamos encerrados en la trampa.
Se puso afanoso a intentar hacer funcionar la cerradura. Introdujo su navaja en la hendidura, buscó todos los medios; luego, en un momento de decepción, dijo:
—No hay nada que hacer.
—¿Cómo, jefe, que no hay nada que hacer? ¿En ese caso estamos perdidos?
—En verdad… —le respondió.
Volvieron a la otra puerta, y luego, una vez más, regresaron a la primera. Las dos eran puertas macizas, de dura madera, reforzadas con traviesas…, en suma, indestructibles.