Arsenio Lupin - 813

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Su reloj marcaba las siete y veinte, pero recordó que no le había dado cuerda. Y el reloj de Gourel tampoco funcionaba.

A su vez, Gourel se despertó bajo la acción de los mismos dolores de estómago y calcularon que la hora del almuerzo había pasado ya hacía mucho y que habían dormido una parte del día.

—Tengo las piernas adormecidas —dijo Gourel—, y los pies como si estuvieran metidos en hielo. ¡Qué impresión tan rara!

Intentó frotarse los pies, y entonces exclamó:

—¡Caray! ¡No es en hielo en lo que estaban metidos mis pies, sino en agua! Mire, jefe… Por el lado de la primera puerta es una verdadera marea.

—Son filtraciones —respondió el señor Lenormand—. Subamos hacia la segunda puerta y te secarás…

—Pero ¿qué es lo que va a hacer usted, jefe?

—¿Crees que me voy a dejar enterrar vivo en esta cueva?… ¡Ah, no! No tengo todavía edad bastante para eso… Puesto que las dos puertas están cerradas, intentemos atravesar las paredes.

Una a una empezó a sacar las piedras que hacían saliente a la altura de la mano, con la esperanza de practicar otra galería que bajaría en pendiente hasta el nivel del suelo. Pero el trabajo era largo y penoso, pues en esta parte del subterráneo las piedras estaban cimentadas.


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