Arsenio Lupin - 813
Arsenio Lupin - 813 El señor Lenormand trabajaba con un ardor incansable. Era una tarea terrible, una obra de termitas realizada en unas tinieblas asfixiantes. Sus manos sangraban. Desfallecía de hambre. Respiraba con dificultad aquel aire insuficiente, y de tiempo en tiempo los suspiros de Gourel le recordaban el espantoso peligro que lo amenazaba en el fondo de su cueva.
Pero nada hubiera podido desanimarlo, pues ahora encontraba frente a él aquellas piedras cimentadas que componían la pared de la galería. Era lo más difícil, pero el final se aproximaba.
—Esto sube —gritaba Gourel con voz entrecortada—. Esto sube.
El señor Lenormand redoblaba sus esfuerzos. De pronto, el hierro del cerrojo de que se servía golpeó en el vacío. El paso estaba perforado. No quedaba más que agrandarlo, lo que resultaba ya mucho más fácil ahora que él podía echar los materiales hacia adelante.
Gourel, enloquecido de terror, lanzaba aullidos como una bestia que agonizase. No se emocionaba, aunque la salvación estaba allí al alcance de su mano.