Arsenio Lupin - 813
Arsenio Lupin - 813 Hizo apartar las contraventanas de un ancho respiradero, por donde la claridad del día penetró bruscamente, y se volvió hacia Altenheim. Pero, con gran asombro suyo, el barón, a quien creía muerto, abrió los ojos, dos ojos tiernos, espantosos, poblados ya de la nada. Miró al señor Weber. Luego pareció buscar con la mirada, y habiendo divisado a Sernine tuvo una convulsión de cólera. Se hubiera dicho que se despertaba de su torpor, y que su odio, reanimado súbitamente, le proporcionaba una parte de sus fuerzas.
Se apoyó sobre sus puños e intentó hablar.
—Tú le reconoces, ¿eh? —dijo el señor Weber.
—Sí.
—Es Lupin, ¿verdad?
—Sí… Lupin…
Sernine, siempre sonriente, escuchaba.
—Santo Dios, cuánto me divierto —dijo.
—¿Tienes más cosas que decir? —preguntó el señor Weber, viendo los labios del barón agitarse desesperadamente.
—Sí.
—¿A propósito del señor Lenormand, quizá?
—Sí.
—¿Lo tienes encerrado? ¿Dónde? Responde…
Con todas sus fuerzas, con su mirada tensa, Altenheim señaló hacia un armario en un rincón de la sala.