Arsenio Lupin - 813
Arsenio Lupin - 813 El titubeó unos instantes, apenas unos segundos, y luego afirmó claramente:
—Sí, lo quiero, tengo ese derecho.
—Tú quieres que ella abandone a todos esos niños a los cuales ella se ha dedicado con devoción, toda esa existencia de trabajo que ella prefiere y que le es necesaria.
—Sí, lo quiero, y es su deber.
La anciana abrió la ventana, y dijo:
—En ese caso, llámala.
Genoveva estaba en el jardín, sentada en un banco. Cuatro niñas se agrupaban en torno a ella. Otras más jugaban y corrían.
Lupin la vio de cara. Vio sus ojos sonrientes. Tenía una flor en la mano y estaba desprendiendo uno a uno los pétalos, a la par que daba explicaciones a las niñas, que escuchaban con atención y curiosidad. Después las interrogó. Y cada respuesta le valía a la alumna la recompensa de un beso.
Lupin la observó largo rato con una emoción mezclada de angustia infinita. Todo un mundo de sentimientos ignorados fermentaba dentro de él. Sentía ansias de apretar contra su corazón a aquella hermosa joven, besarla y decirle el respeto y el afecto que por ella experimentaba. Y recordando a la madre, muerta en la pequeña aldea de Aspremond, muerta de pena…
—Llámala, pues —le dijo Victoria.