Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron Desde la primera hora, yo habÃa presentado mi candidatura a flirtear con ella. Pero, en la rápida intimidad del viaje, inmediatamente su belleza me habÃa turbado, y yo me sentÃa excesivamente emocionado para un flirteo cuando sus grandes ojos negros se encontraban con los mÃos. Sin embargo, ella acogÃa mis homenajes con cierta aceptación y favor. Se dignaba reÃr ante mis frases ingeniosas, e interesarse por mis anécdotas. Una vaga simpatÃa parecÃa responder a la solicitud que yo le testimoniaba.
Sólo un rival, quizá, me hubiera inquietado; era un joven guapo, elegante, reservado, del cual ella parecÃa preferir el carácter taciturno a mis maneras «fuera de lugar» del parisiense.
Precisamente, ese joven formaba parte del grupo de admiradores que rodeaban a la señorita Nelly cuando ella me interrogó. Nos encontrábamos en el puente, cómodamente instalados en sillas mecedoras. La tempestad de la vÃspera habÃa aclarado el cielo. La hora estaba deliciosa.
—Yo no sé nada con exactitud, señorita —le respond× pero ¿acaso es imposible para nosotros el llevar a cabo nuestra propia investigación, lo mismo que lo harÃa el viejo Ganimard, el enemigo personal de Arsenio Lupin?
—¡Oh! ¡Oh! Usted se anticipa mucho.