Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron Por tanto, el último día de viaje nos pareció interminable. Vivíamos en la ansiosa espera de que ocurriese una desgracia. Esta vez ya no sería un robo, no sería ya una simple agresión, sino que sería un crimen, un asesinato. No admitíamos que Arsenio Lupin se limitara a dos robos insignificantes. Dueño absoluto del navío, con las autoridades de aquél reducidas a la impotencia, no tenía más que desear una cosa para realizarla, pues todo le estaba permitido y disponía de los bienes y de las vidas de a bordo.
Confieso que aquéllas eran para mí unas horas deliciosas, pues me valieron el que conquistara la confianza de la señorita Nelly. Impresionada por tantos acontecimientos, y siendo de naturaleza ya inquieta por sí misma, ella buscó a mi lado una protección, una seguridad que yo me sentía dichoso de otorgarle.
En el fondo, yo bendecía a Arsenio Lupin. ¿Acaso no era él quien nos aproximaba a la señorita Nelly y a mí? ¿No era gracias a él que yo tenía el derecho de abandonarme a los más hermosos sueños? Sueños de amor y sueños menos quiméricos, ¿por qué no confesarlo? Los Andrézy son de una familia de buena cepa, pero sus blasones se hallan un tanto descoloridos, y a mí no me parecía indigno de un gentilhombre el pensar en dar a su nombre el brillo perdido.