Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron Fue asà como, en una tarde de invierno, Arsenio Lupin me contó la historia de su detención. El cúmulo de incidentes cuyo relato yo escribirÃa algún dÃa habÃa anudado entre nosotros unas ligaduras… dirÃa yo ¿de amistad? SÃ, me atreverÃa a decir que, Arsenio Lupin me honra con cierta amistad y que es por amistad que él llega algunas veces a mi casa de improviso, trayendo al silencio de mi gabinete de trabajo su alegrÃa juvenil, el resplandor de su vida ardiente, su bello humor de hombre para quien el destino no tiene más que favores y sonrisas.
¿Su retrato? ¿Cómo podrÃa pintarlo yo? Veinte veces he visto a Arsenio Lupin y veinte veces es un ser diferente el que se me ha presentado… o, más bien dicho, el mismo ser del cual veinte espejos me hubieran enviado otras tantas imágenes deformadas, teniendo cada una sus ojos particulares, su forma especial de rostro, su gesto propio, su silueta y su carácter.
—Yo mismo —me dijo él— ya no sé quién soy. Frente a un espejo ya no me reconozco.
Humor, ciertamente, y paradoja, pero a la vez una verdad con respecto a aquellos que se tropiezan con él y que ignoran sus recursos infinitos, su paciencia, su arte para maquillarse, su prodigiosa facultad para transformar hasta las proporciones de su rostro y de alterar incluso la relación existente entre sus rasgos.