Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron En este antiguo refugio de héroes y de pícaros, habita el barón Nathan Cahorn, el barón Satán, como antaño le llamaban en la Bolsa, donde se enriqueció un tanto bruscamente. Los señores del castillo de Malaquis, arruinados, tuvieron que vender por un pedazo de pan aquella que era la mansión de sus antepasados. Ha instalado allí sus admirables colecciones de muebles y de cuadros, de lozas y de maderas talladas. Vive solo con tres viejos criados. Nadie penetra allí jamás. Nadie ha contemplado en el decorado de sus salas antiguas los tres Rubens que posee, sus dos Watteau, su silla de Jean Goujon, y tantas otras maravillas arrancadas a golpes de billetes de Banco a los más ricos concurrentes habituales a las subastas públicas.
El barón Satán tiene miedo. Tiene miedo no tanto por él mismo como por los tesoros acumulados con una pasión tan tenaz y la perspicacia de un aficionado a quien los más diestros mercaderes no pueden envanecerse de haber inducido al error. Ama esos tesoros. Los ama ansiosamente como un avaro, y celosamente como un enamorado.
Cada día, al ponerse el sol, las cuatro puertas de hierro forjado que dominan las dos extremidades del puente de la entrada del patio de honor son cerradas y echados los cerrojos. Al menor choque, unas campanillas eléctricas vibrarían en el silencio. Por el lado del Sena, nada hay que temer: la roca se alza perpendicularmente.