Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron Sin embargo, una tarde de septiembre el cartero se presentó como de ordinario al extremo del puente. Y conforme a la regla cotidiana, fue el propio barón quien abrió el pesado batiente. Examinó tan minuciosamente a aquel hombre, que tal parecía que no conociera desde hacía ya años aquel rostro campechano, alegre, con sus ojos maliciosos de campesino; y el hombre le dijo riendo:
—Soy yo, el mismo de siempre, señor barón. No soy otro que hubiera tomado y vestido mi blusa y se hubiera puesto mi gorra.
—¿Acaso sabe uno nunca? —murmuró Cahorn.
El cartero le hizo entrega de un montón de periódicos. Luego añadió:
—Y ahora, señor barón, hay novedades.
—¿Novedades?
—Una carta…, y además certificada.
Aislado, sin amigos ni nadie que se interesara por él, el barón jamás recibía carta alguna, e inmediatamente todo ello le pareció un acontecimiento de mal augurio por el cual tenía motivos para inquietarse. ¿Quién era aquel misterioso corresponsal que venía a importunarlo en su retiro?
—Tiene usted que firmar, señor barón.