Arsenio Lupin, caballero ladron

Arsenio Lupin, caballero ladron

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—Señor, si yo tuviera la menor duda, créame que el placer de meterme aún más a fondo en las andanzas de mi querido Arsenio Lupin lo sobrepondría a toda otra consideración. Por desgracia, ese joven se encuentra detrás de las rejas.

—¿Y si se escapara?

—No se escapa nadie de la Santé.

—Pero él…

—Él no más que los otros…

—No obstante…

—Pues bien: si él escapa, tanto mejor; yo volveré a echarle la mano. Mientras tanto, duerma usted tranquilo y no asuste usted más a esta breca.

La conversación se había acabado. El barón regresó a su casa un tanto tranquilizado por la despreocupación manifestada por Ganimard. Comprobó las cerraduras, espió a los criados y transcurrieron cuarenta y ocho horas, durante las cuales llegó casi a persuadirse de que, en resumen, sus temores eran quiméricos. No, decididamente, cual lo había dicho Ganimard, no se previene a las personas a quienes se va a despojar de lo suyo.

La fecha se aproximaba. La mañana del martes, víspera del 27, nada de particular ocurrió. Pero a las tres de la tarde un chico llamó a la puerta. Era portador de un despacho:

No hay ningún paquete en la estación de Batignolles. Prepare todo para mañana por la noche.


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