Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron ARSENIO.
De nuevo volvió a ser aquello la locura, a tal extremo que el barón se preguntó si no sería mejor ceder a las exigencias de Arsenio Lupin.
Corrió a Caudebec. Ganimard estaba pescando en el mismo lugar, sentado en una silla plegadiza. Sin decir una palabra, le tendió el telegrama.
—¿Y qué? —preguntó el inspector.
—¿Y qué? Pero si es mañana…
—¿El qué?
—¡El robo! ¡El pillaje de mis colecciones!
Ganimard dejó a un lado su caña, se volvió hacia él y con los brazos cruzados sobre el pecho exclamó con tono de impaciencia:
—¡Ah, caray! ¿Acaso usted se imagina que me voy a ocupar de un asunto tan estúpido?
—¿Qué precio pone usted a pasar en el castillo la noche del veintisiete al veintiocho de septiembre?
—Ni un solo céntimo, y déjeme usted en paz.
—Fije usted el precio; yo soy rico, en extremo rico.
La brusquedad de la oferta desconcertó a Ganimard, que dijo, ya con más calma:
—Me encuentro aquí de vacaciones y no tengo el derecho a mezclarme…
—Nadie lo sabrá. Me comprometo, ocurra lo que ocurra, a guardar silencio.