Arsenio Lupin, caballero ladron

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Por la noche, a las ocho y media, mandó retirar a sus criados. Estos vivían en un ala del castillo cuya fachada daba a la carretera, pero un poco retirada de aquella y a un extremo del primero. Una vez a solas abrió silenciosamente las cuatro puertas. Tras un momento, escuchó pasos que se acercaban.

Ganimard presentó a sus dos mejores auxiliares, que eran dos corpulentos mozos, con el cuello de toro y fuertes manos, y luego pidió ciertas explicaciones. Una vez que ya se dio cuenta de la disposición de los diversos lugares, cerró cuidadosamente las puertas y atrancó todas las entradas por donde pudiera penetrarse en las salas amenazadas. Inspeccionó los muros, levantó los tapices y finalmente instaló a sus agentes en la galería central.

—Y no cometan una tontería, ¿eh? No estamos aquí para dormir. A la menor señal de alarma abran las ventanas del patio y llámenme. Tengan igualmente cuidado por el lado del agua. Diez metros de precipicio, a unos diablos de ese calibre, no les espantan.

Los encerró allí, se llevó las llaves y le dijo al barón:

—Y ahora a nuestro puesto.


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