Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron Había escogido para pasar la noche una pequeña estancia abierta en las gruesas murallas entre las dos puertas principales y que antaño constituía el reducto del vigía. Sobre el puente se abría una mirilla y otras sobre el patio. En un rincón podía verse algo que semejaba el orificio de un pozo.
—¿Usted, sin duda, me ha dicho, señor barón, que este pozo era la única entrada a los subterráneos, y que hasta donde alcanza el recuerdo de los hombres ha estado, tapada?
—Sí.
—Entonces, a menos que exista otra salida desconocida para todos, excepto para Arsenio Lupin, lo que parece un tanto problemático, podemos estar tranquilos.
Alineó tres sillas, se tendió cómodamente sobre ellas, encendió su pipa y suspiró.
—Verdaderamente, señor barón, es preciso que yo sienta unos vehementes deseos de añadir un piso a la casita donde deberé acabar mis días para haber aceptado una tarea tan elemental como ésta. Yo le contaré esta historia al amigo de Lupin y reventará de risa.
Pero el barón no reía. Con el oído al acecho interrogaba al silencio de la noche con una creciente inquietud. De cuando en cuando se inclinaba sobre el pozo y lanzaba sobre el agujero una mirada ansiosa.
Sonaron las once de la noche, la medianoche y la una.