Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron De pronto agarró del brazo a Ganimard, que se despertó sobresaltado.
—¿No oye usted?
—SÃ.
—¿Qué es eso?
—Soy yo, que ronco.
—No, no es eso. Escuche…
—¡Ah! Perfectamente. Es la bocina de un automóvil.
—¿Y entonces?
—Pues, entonces…, que es poco probable que Lupin se sirva de un automóvil como de un ariete para derribar su castillo. Y, en verdad, yo, en lugar de usted, me dormirÃa…, tal como yo voy a tener el honor de hacer de nuevo. Buenas noches.
* * *
Esa fue la única alarma. Ganimard pudo asà reanudar su interrumpido sueño, y el barón no escuchó otra cosa que los ronquidos de aquel, sonoros y regulares.
Al despuntar el alba salieron de su celda. Una grande y serena paz, la paz de la mañana en la orilla del agua fresca, envolvÃa al castillo. Subieron la escalera: Cahorn radiante de alegrÃa y Ganimard siempre tranquilo. Ningún ruido. Nada de sospechoso.
—¿Qué le habÃa yo dicho a usted, señor barón? En el fondo, yo no deberÃa haber aceptado… Me siento avergonzado…