Arsenio Lupin, caballero ladron

Arsenio Lupin, caballero ladron

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Tomó las llaves y penetró en la galería.

Sobre dos sillas, encorvados, con los brazos colgantes, los dos agentes dormían.

—¡Rayos y truenos! —gruñó el inspector.

En el mismo instante, el barón lanzaba un grito.

—¡Los cuadros!… ¡El aparador!…

Balbucía sofocado y con la mano extendida hacia los lugares vacíos, hacia los muros desnudos donde resaltaban los clavos de colgar los cuadros y donde pendían unas cuerdas ahora inútiles. ¡El Watteau había desaparecido! ¡Los Rubens habían sido quitados de allí! Los tapices habían sido llevados, las vitrinas vaciadas de sus joyas…

—Y mis candelabros Luis XVI… y el candelabro del Regente…, y mi Virgen del siglo doce…

Corría de un lugar a otro, perdido, desesperado. Recordaba los precios que había pagado por aquellas obras y objetos, le añadía las pérdidas sufridas, acumulaba cifras, todo ello en torbellino, en palabras que apenas se distinguían, en frases sin acabar. Tropezaba, se estremecía y se convulsionaba, loco de rabia y de dolor. Se hubiera dicho que se trataba de un hombre arruinado a quien ya no le queda otro recurso que volarse la tapa de los sesos.


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