Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron Si algo hubiera podido consolarle, hubiera sido el ver el estupor de Ganimard. Al contrario del barón, aquél no se movÃa. ParecÃa petrificado, y con mirada vaga examinaba las cosas. ¿Las ventanas? Cerradas. ¿Las cerraduras de las puertas? Intactas. Ningún agujero en el techo. Ninguna brecha en el piso. Todo aquello tenÃa que haberse efectuado metódicamente, conforme a un plan inexorable y lógico.
—Arsenio Lupin… Arsenio Lupin… —murmuraba como hundido.
De pronto saltó sobre los dos agentes, como si al fin le hubiera impulsado la cólera, los sacudió furiosamente y los injurió. Pero no se despertaron ni se movieron siquiera.
—¡Diablos! —exclamó—. ¿Acaso, por casualidad…?
Se inclinó sobre ellos y observó a uno tras otro con atención: dormÃan, pero con un sueño que no tenÃa nada de natural.
Le dijo al barón:
—Los han dormido.
—Pero ¿quién?
—¡Caramba! Fue él… o su banda, pero dirigida por él. Este golpe corresponde a su estilo. Es su garra.
—En ese caso, estoy perdido, no hay nada que hacer.