Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron —¡Dios mÃo! ¡Qué contento estoy de echar la mirada encima de la cara de un hombre honrado! Ya estoy cansado de todos esos rostros de espÃas y de soplones que pasan diez veces al dÃa revista a mis bolsillos y a mi humilde celda, para asegurarse de que no preparo una evasión. Diablos, cómo se interesa el Gobierno por mÃ…
—Y tiene razón.
—No. Yo me sentirÃa tan feliz si se me dejara vivir en mi pequeño agujero…
—Con las rentas de los demás.
—¿No es asÃ? SerÃa tan sencillo… Pero estoy hablando demasiado, no digo más que tonterÃas y seguramente tú tienes prisa. Vamos al grano, Ganimard. ¿Qué es lo que me proporciona el honor de tu visita?
—El asunto Cahorn —declaró Ganimard sin ambages.
—¡Alto ahÃ! Un momento… Es que yo he tenido tantos asuntos… Y tú quieres que encuentre inmediatamente en mi cerebro el expediente del asunto Cahorn… ¡Ah!, aquà está, ya lo encontré. Asunto Cahorn, castillo de Malaquis, en el Sena inferior… Dos Rubens, un Watteau y algunos objetos menudos.
—¡Menudos!
—SÃ; en verdad, todo ello es de una importancia mediocre. Hay cosas mucho mejores… Pero basta con que el asunto interese… Habla, pues, Ganimard.