Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron —Una mujer me estaba mirando, Ganimard, y yo amaba a esa mujer. ¿Comprendes, acaso, todo cuanto hay en ese hecho de ser mirado por una mujer a la que se ama? El resto me importa poco, te lo juro. Y eso es por lo que me encuentro aquÃ.
—Después de mucho tiempo, permÃteme que ahora lo comprenda asÃ.
—Primero intenté olvidar. No te rÃas. La aventura habÃa sido encantadora y guardo todavÃa un tierno recuerdo de todo ello… Y, además, me siento un tanto neurasténico. La vida es tan febril en nuestros dÃas… En ciertos momentos es preciso saber hacer lo que se llama una cura de aislamiento. Este lugar es magnÃfico para un régimen de ese género. Se practica la cura de la Santé[1] en todo su rigor.
—Arsenio Lupin —observó Ganimard—, tú te mofas de mÃ.
—Ganimard —afirmó Lupin—, hoy estamos a viernes. El miércoles próximo iré a fumar mi puro a tu casa, en la calle de Pergolése, a las cuatro de la tarde.
—Arsenio Lupin, yo te espero.
Se estrecharon la mano como dos viejos amigos que se estiman en su justo valor, y el viejo policÃa se dirigió hacia la puerta.
—¡Ganimard!
Este se volvió.