Arsenio Lupin, caballero ladron

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La escritura era, efectivamente, de Arsenio Lupin. Por consiguiente, aquél enviaba cartas. En consecuencia, también las recibía. Y, por tanto, era verdad que preparaba su evasión, anunciada por él en forma tan arrogante.

La situación se hacía intolerable. De acuerdo con el juez de instrucción, el jefe de Seguridad, señor Dudouis, acudió en persona a la prisión de la Santé para exponerle al director de la misma las medidas que convenía adoptar. Y desde su llegada envió a dos hombres a la celda del detenido.

Los dos inspectores levantaron todas y cada una de las losas del piso, desarmaron la cama, hicieron todo cuanto es costumbre hacer en casos semejantes, y cuando acabaron no habían descubierto nada.

Iban ya a renunciar a su investigación, cuando el guardián acudió presuroso a ellos y les dijo:

—El cajón…, miren ustedes en el cajón de la mesa. Cuando yo entré me pareció que él estaba descansando.

Miraron, efectivamente, y Dieuzy exclamó:

—Por Dios que esta vez ya lo hemos cazado… al cliente.

Folenfant le detuvo.

—Un momento, hijo mío; el jefe es quien hará el inventario.

—Sin embargo, este cigarro puro de lujo…


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