Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron —En fin —dijo el señor Dudouis, frotándose las manos—, creo que el asunto va por buen camino. Un golpecito con el pulgar por parte nuestra y la fuga tendrá éxito…, al menos éxito bastante para permitirnos capturar a los cómplices.
—¿Y si Arsenio Lupin se le escurre a usted por entre los dedos? —objetó el director de la prisión.
—Emplearemos el número de hombres necesario. Si, no obstante, él pusiera de su parte demasiada habilidad…, créame usted, serÃa tanto peor para él. En cuanto a la banda, puesto que su jefe se niega a hablar, ya hablarán los otros.
Y, de hecho, Arsenio Lupin no hablaba mucho. Desde hacÃa meses, el juez de instrucción, Jules Bouvier, se esforzaba en vano en hacerle hablar. Los interrogatorios se reducÃan a unas cuantas charlas desprovistas de interés entre el juez y el abogado Danval, uno de los prÃncipes de la abogacÃa, el cual, por lo demás, sabÃa él mismo tanto sobre el acusado como cualquier recién llegado.
De tiempo en tiempo, por delicadeza, Arsenio Lupin deslizaba en el interrogatorio cosas como ésta: