Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron Arsenio Lupin metió la cabeza. Otro coche carcelario se hallaba estacionado junto al que ocupaba. Alzó más la cabeza, puso el pie sobre uno de los radios de la rueda grande y saltó a tierra.
Un cochero lo vio, reventó a reír y luego quiso dar la voz de alarma. Pero su voz se perdió entre el tumulto de vehículos que habían empezado de nuevo a ponerse en marcha. Y además de eso, ya Arsenio Lupin estaba muy lejos de allí.
Ya había avanzado algunos pasos corriendo, pero sobre la acera de la izquierda se volvió, echó una mirada circular y pareció olfatear el viento como una persona que no sabe todavía bien qué dirección va a seguir. Luego, con resolución, metió las manos en los bolsillos y con el aire despreocupado de un paseante que deambula, continuó subiendo el bulevar.
El tiempo estaba templado; era una hora feliz y ligera del otoño. Los cafés estaban llenos de público. Se sentó en la terraza de uno de ellos.
Pidió un vaso de cerveza y un paquete de cigarrillos. Vació el vaso a pequeños tragos, fumó tranquilamente un cigarrillo y encendió luego otro. Por último levantóse y le pidió al camarero que llamase al gerente.
Acudió el gerente, y Arsenio le dijo en tono suficientemente alto para que pudiera ser oído por todos: