Arsenio Lupin, caballero ladron

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—Lo lamento mucho, señor; he olvidado mi portamonedas. Pero quizá mi nombre le sea a usted lo bastante conocido para que me otorgue un crédito por algunos días: soy Arsenio Lupin.

El gerente le miró creyendo que se trataba de alguna broma. Pero Arsenio repitió:

—Lupin, detenido en la Santé y en estos momentos en situación de fugitivo. Me atrevo a creer que ese nombre os inspira absoluta confianza.

Y se alejó en medio de las risas y sin que el gerente pensara siquiera en reclamarle.

Atravesó la calle Soufflot en sesgado y tomó la de Saint-Jacques. La siguió con calma, deteniéndose entre los escaparates y fumando cigarrillo tras cigarrillo. En el bulevar Port Royal se orientó, se informó y caminó derecho hacia la calle de la Santé. Las murallas de la prisión se elevaron bien pronto ante él. Después de pasar a lo largo de ellas llegó cerca del guardia que estaba de centinela, y, quitándose el sombrero, le dijo:

—¿Es ésta, en verdad, la prisión de la Santé?

—Si.

—Yo quisiera volver a mi celda. El coche carcelario me ha dejado en el camino y yo no quisiera abusar…

El guardia gruñó:


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