Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes Permanecieron largo rato el uno junto al otro sin cambiar una palabra, los dos atontados, con el cerebro vacÃo. El claxon de un automóvil atronó el aire. Un poco de viento agitó las hojas de los árboles. Y Sholmes no se movÃa, con los cinco dedos clavados aún en el cuello de Wilson, que exhalaba una respiración cada vez más débil.
De repente, Herlock, invadido por la cólera, soltó a su amigo, pero para agarrarlo por los hombros y sacudirlo con frenesÃ.
—¿Qué hace usted aqu� Responda… ¿Qué? ¿Acaso le dije que se escondiera en los macizos de arbustos y me espiara?
—¿Espiarlo? —emitió Wilson—. Pero si yo no sabÃa que era usted…
—Entonces, ¿qué? ¿Qué hacÃa usted aquÃ? DebÃa de estar acostado.
—Me he acostado.
—¡TenÃa que dormir!
—He dormido.
—¡No tenÃa que despertarse!
—Su carta…
—¿Mi carta?
—SÃ, la que un emisario me trajo de su parte al hotel.
—¿De mi parte? ¿Está usted loco?
—Se lo juro.