Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes Pero no tardó en chocarle un extraño fenómeno: en la distancia que lo separaba de Arsenio Lupin, otras personas avanzaban en la misma dirección; exactamente, dos individuos altos, con bombín, por la acera de la izquierda, y otros dos, con gorra y cigarrillo en la boca, por la derecha.
Quizá en eso no existiera más que pura casualidad. Pero Sholmes se extrañó más cuando los cuatro hombres se pararon al entrar Arsenio Lupin en un estanco, y más todavía cuando emprendieron de nuevo la marcha al mismo tiempo que él, pero cada uno por separado, siguiendo la Chaussée d’Antin.
«¡Maldición! —pensó Sholmes—. Le siguen.»
La idea de que otros estuvieran tras los pasos de Arsenio Lupin, que otros alcanzaran no la gloria…, eso le importaba poco…, sino el placer inmenso, la ardiente voluptuosidad de reducir, él solo, al más formidable enemigo que jamás tuviera, lo exasperaba. Sin embargo, el error no era posible: los hombres poseían ese aspecto indiferente, ese aire demasiado natural de los que, regulando su paso al paso de otra persona, no quieren que los adviertan.
—¿Sabrá Ganimard más de lo que aparenta? —murmuró Sholmes—. ¿Está jugando conmigo?