Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes Herlock buscó con la vista a los cuatro individuos y los vio, diseminados en grupos que escuchaban la orquesta de zíngaros de un café próximo. Cosa curiosa: no parecían ocuparse de Lupin, sino mucho más de la gente que lo rodeaba.
Entonces se dio cuenta. No solamente no vigilaban a Arsenio Lupin, sino que aquellos hombres formaban parte de su banda. ¡Esos hombres velaban por su seguridad! ¡Eran sus guardaespaldas, sus satélites, su escolta! Por cualquier parte que el amo corriera un peligro, los cómplices estaban allí, listos para advertirle, dispuestos a defenderlo. ¡Cómplices, los cuatro individuos! ¡Cómplice, el señor de la levita!
Un escalofrío recorrió al inglés. ¿Era posible que, alguna vez, se pudiese apoderar de aquel ser inaccesible? ¿Qué poder ilimitado representaba tal asociación, dirigida por semejante jefe?
Arrancó una hoja de su agenda, escribió con lápiz algunas líneas que encerró en un sobre, y le dijo a un muchacho de quince años, que, estaba tumbado en un banco:
—Escucha, muchacho; coge un coche y lleva esta carta a la cajera de la taberna Suisse, plaza del Chátelet. ¡Y rápidamente!
Le entregó una moneda de cinco francos. El muchacho desapareció.