Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes —¿La persona que estaba en este asiento? —gritó a los cinco ocupantes de la mesa, estupefactos—. SÃ. Ustedes eran seis… ¿Dónde se encuentra la sexta?
—¿El señor Destro?
—No, no. Arsenio Lupin.
Se acercó un camarero:
—Ese señor acaba de subir al entresuelo.
Ganimard se precipitó a la escalera. El entresuelo estaba dividido en reservados y ¡tenÃa una salida privada al bulevar!
—¿Cómo vamos a buscarlo ahora? —gimió Ganimard—. ¡Estará lejos!
… No estaba muy lejos, a doscientos metros todo lo más, en el ómnibus Madeleine-Bastille, el cual rodaba tranquilamente al ligero trote de sus tres caballos, franqueaba la plaza de la Opera y se alejaba por el bulevar de los Capucines. Abajo, en la plataforma, se veÃan dos individuos con bombÃn. En la imperial, en lo alto de la escalera, dormitaba un viejecito: Herlock Sholmes.
Cabeceando, acunado por el movimiento del vehÃculo, el inglés monologaba:
—Si mi querido Wilson me viera, ¡qué orgulloso se sentirÃa de su colaborador!… ¡Bah!… Era fácil prever, al silbido, que la partida estaba perdida y que no se podÃa hacer nada mejor que vigilar los alrededores del restaurante. Pero, en verdad, ¡la vida no carece de interés con este diablo de hombre!