Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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Al término del trayecto, Herlock, que se había asomado a la barandilla, vio a Arsenio Lupin que pasaba por delante de sus guardaespaldas, oyéndole murmurar:

—¡En la Etoile!

—Se dan cita en la Etoile, perfectamente. Allí estaré. Dejémosle huir en ese coche y sigamos a los dos compinches.

Los dos compinches recorrieron a pie el camino hasta la Etoile y llamaron a la puerta de una casa estrecha situada en el número 40 de la calle Chalgrin. En el recodo que forma esta callecita poco frecuentada, Sholmes pudo ocultarse en el hueco de un portal.

Una de las dos ventanas del piso bajo se abrió. Un hombre cerró los postigos. Encima de éstos, la imposta se iluminó.

Al cabo de diez minutos, un señor se acercó a la puerta y llamó. Inmediatamente después, otro individuo hizo lo mismo. Al fin, se detuvo un coche, del que Sholmes vio bajarse a dos personas: Arsenio Lupin y una dama envuelta en una capa y con un espeso velo por la cabeza.

«La Dama Rubia, sin duda», se dijo Sholmes mientras el coche se alejaba.

Dejó pasar unos minutos. Se acercó a la casa, escaló el reborde de la ventana y, empinándose en la punta de los pies, pudo echar, por la imposta, una ojeada al interior de la habitación.


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