Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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—¿Cuánto quieres por hablar…, por decir lo que sabes?

El hombre respondió con una sonrisa de ironía tal que Sholmes se dio cuenta de la inutilidad de su pregunta.

Se contentó con registrar los bolsillos de su prisionero; pero sus investigaciones sólo le valieron un manojo de llaves, un pañuelo y la cajita de cartón de la que se había servido el individuo y que contenía una docena de granates parecidos a los que Sholmes había recogido. ¡Escaso botín!

Además, ¿qué haría con aquel hombre? ¿Esperar a que sus amigos acudieran a socorrerlo y entregarlos a todos a la Policía? ¿Para qué? ¿Qué ventaja conseguiría sobre Lupin?

Dudaba, cuando le decidió el examen de la caja. Llevaba esta inscripción: «Leonard, joyero, calle de la Paix».

Resolvió sencillamente abandonar al hombre. Volvió a su sitio el tonel, cerró el sótano y salió de la casa. Desde una oficina de Correos advirtió por carta al señor Destange que no podría ir hasta el día siguiente. Luego se dirigió a la joyería, en donde entregó los granates al joyero.

—La señora me envía con estas piedras. Se han desprendido de una alhaja que ella compró aquí.

Sholmes había acertado. El joyero respondió:


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