Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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En los bajos de la escalera encontró otro de forma idéntica.

«No me equivocaba —pensó—. Es por aquí por donde se comunica… Veamos si mi ganzúa abre el sótano reservado al inquilino del piso bajo… Sí…, perfecto… Examinemos estos toneles de vino… ¡Oh, oh! Aquí hay sitios en donde ha desaparecido el polvo… y en el suelo se ven huellas de pasos…»

Un ligero ruido le hizo prestar oídos. Rápidamente empujó la puerta, sopló la vela y se ocultó tras una pila de cajas vacías. Transcurridos algunos segundos, observó que uno de los toneles giraba suavemente, llevándose con él todo el trozo de pared sobre el que estaba adosado. Apareció un rayo de luz de una linterna y después un brazo. Un hombre entró.

Iba agachado, como si buscara algo. Con la punta de los dedos rebuscó entre el polvo, y varias veces se alzó para echar algo en una caja de cartón que llevaba en la mano izquierda. Luego borró la huella de sus pisadas, así como las dejadas por Arsenio Lupin y la Dama Rubia, y se acercó al tonel.

Lanzó un grito ronco y se desplomó. Sholmes había saltado sobre él. Fue cuestión de un minuto y, de la forma más sencilla del mundo, el hombre se encontró tendido en el suelo, con los pies y las manos atados.

El inglés se inclinó sobre él.


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