Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes Estuvo a punto de volver a su despacho y huir. Pero primero se dirigió a la ventana. Nadie en la calle. ¿Ya estaría, pues, el enemigo dentro de la casa? Escuchó y creyó discernir rumores confusos. Sin dudarlo más, corrió hasta su despacho y, cuando franqueaba el umbral, oyó el ruido de una llave que intentaban introducir en la cerradura de la puerta del vestíbulo.
—¡Diablos! —murmuró—. ¡No hay tiempo! Tal vez la casa esté cercada… ¿La escalera de servicio? ¡Imposible! Afortunadamente tengo la chimenea…
Empujó con fuerza la moldura. No se movió. Hizo un esfuerzo mayor. No se movió.
Al mismo tiempo tuvo la impresión de que la puerta se abría y que sonaban pasos.
—¡Maldita sea! —dijo—. Estoy perdido si este mecanismo no…
Sus dedos se apretaron alrededor de la moldura. Se apoyó en ella con todo su peso. ¡Nada se movió! ¡Nada! Por una mala suerte increíble, por una terquedad verdaderamente pasmosa del destino, el mecanismo, que hasta hacía un momento había funcionado maravillosamente, no funcionaba ya.
Se ensañó con él, crispó los dedos. El bloque de mármol permanecía inerte, inmutable. ¡Maldición! ¿Era admisible que aquel obstáculo estúpido le cortase el camino? Golpeó el mármol; lo golpeó furiosamente con los puños; lo martilleó, lo insultó…