Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes —Vaya, señor Lupin, ¿hay algo, por lo visto, que no marcha a la medida de sus deseos?
Lupin se volvió, sacudido por el espanto. ¡Herlock Sholmes estaba ante él!
¡Herlock Sholmes! Lo miró parpadeando, como herido por una visión cruel. ¡Herlock Sholmes en París! ¡Herlock Sholmes, al que había expedido la víspera a Inglaterra como si fuera un paquete peligroso, se alzaba ante él, victorioso y libre! ¡Ah! ¡Para que este milagro se realizase a pesar de la voluntad de Arsenio Lupin, era preciso un trastrueque de las leyes naturales, el triunfo de todo lo ilógico y anormal! ¡Herlock Sholmes frente a él!
Y el inglés dijo, irónico a su vez y lleno de aquella cortesía desdeñosa con que su adversario lo había azotado tan frecuentemente:
—Señor Lupin, le aseguro que a partir de este momento no pensaré nunca más en la noche que me hizo pasar en el chalé del barón de Hautrec, nunca más en las desventuras de mi amigo Wilson, nunca más en mi secuestro en automóvil ni tampoco en ese viaje que acabo de realizar, atado por orden suya a una incómoda litera. Este momento lo borra todo. Ya no me acuerdo de nada. Estoy pagado. Estoy espléndidamente pagado.
Lupin guardó silencio. El inglés continuó:
—¿No es ésa también su opinión?