Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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Los mismos sentimientos que agitaron a Sholmes en el transcurso de su viaje en auto los experimentó Lupin: el mismo furor concentrado, la misma rebeldía; pero también, a fin de cuentas, la misma lealtad lo inclinó bajo la fuerza de las cosas. Los dos, igualmente poderosos, debían aceptar paralelamente la derrota como un mal provisional, al que uno debe resignarse.

—Estamos en paz, señor —dijo únicamente.

El inglés pareció emocionado por esta confesión. Se callaron.

Luego, Lupin continuó, ya dueño de sí y sonriente:

—¡Y no estoy disgustado! Se hacía fastidioso ganar todos los golpes. No tenía más que alargar el brazo para alcanzarlo en pleno pecho. Esta vez he sido yo el alcanzado, maestro.

Reía de buena gana.

—Por fin van a divertirse. ¡Lupin en la ratonera!… ¡Qué aventura!… ¡Ah, maestro, le debo una gran emoción! ¡Así es la vida!

Se apretó las sienes con los dos puños cerrados, como para reprimir la alegría desordenada que hervía en él, y tenía también gestos del niño que, decididamente, se divierte más allá de sus fuerzas. Por último, se acercó al inglés.

—Y ahora, ¿qué espera usted?

—¿Que qué espero?


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