Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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—Pero ¿cómo ha tenido conocimiento de la carta que nos ha enviado el barón d’Imblevalle?

—¡Qué sé yo! ¡No haga preguntas estúpidas, querido amigo!

—Pensaba…, imaginaba…

—¿Qué? ¿Que soy brujo?

—No, pero ¡le he visto hacer tales prodigios!…

—Nadie hace prodigios… Yo, menos que otros. Reflexiono, deduzco, concluyo; pero no adivino. Sólo los imbéciles adivinan.

Wilson asumió la actitud modesta de un perro golpeado, y se esforzó, a fin de no ser un imbécil, en no adivinar por qué Sholmes recorría a zancadas la habitación, irritado. Pero una vez que Sholmes hubo llamado al criado y ordenado que le preparase las maletas, Wilson se creyó con derecho, puesto que existía un hecho concreto, a reflexionar, a deducir y a concluir que el maestro partía de viaje.

La misma operación de espíritu le permitió afirmar, como hombre que no teme equivocarse:

—Herlock, usted va a París.

—Es posible.

—Y, más aún, va a responder a la provocación de Lupin más que a ayudar al barón d’Imblevalle.

—Es posible.

—Herlock, le acompaño.


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