Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes Y se frotó las manos con el mismo aire de satisfacción.
Ya en la estación, Sholmes cogió los portamantas y seguido de Wilson, que llevaba las maletas —a cada cual su carga—, dio los billetes y salió alegremente.
—Hermoso tiempo, Wilson… ¡Sol!… París se engalana para recibirnos.
—¡Qué de gente!
—Mejor, Wilson. Así no corremos el peligro de que nos vean. ¡Nadie nos reconocerá en medio de esta multitud!
—Señor Sholmes, ¿no es verdad?
Se paró aturdido. ¿Quién podía llamarlo por su nombre?
Una mujer iba a su lado, una joven, cuyo sencillo vestido dibujaba la elegante silueta, y cuya bonita cara tenía una expresión inquieta y dolorosa. Repitió:
—Es usted el señor Sholmes, ¿verdad?
Como él callaba, tanto por confusión como por prudencia, repitió la joven por tercera vez:
—¿Es al señor Sholmes a quien tengo el honor de dirigirme?
—¿Qué quiere de mí? —respondió bastante brusco, creyendo que se trataba de un mal encuentro.
La joven se plantó delante del inglés.
—Escúcheme, señor. Es muy grave. Sé que va usted a la calle Murillo.