Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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Una hora más tarde, durante el almuerzo, vio a Sophie y a Henriette, las dos hijas de los d’Imblevalle, dos lindas muchachitas de ocho y seis años, respectivamente. Se habló poco. Sholmes respondía a las amabilidades del barón y de su mujer con tal aspereza que ambos resolvieron guardar silencio. Sirvieron el café. Sholmes se bebió de un trago el contenido de su taza y se levantó del asiento.

En ese momento entró un criado, que llevaba un recado telefónico para él. Lo abrió y leyó:

Reciba mi calurosa admiración. Los resultados obtenidos por usted en tan poco tiempo son asombrosos. Estoy perplejo.

ARSENIO LUPIN

Tuvo un gesto de extrañeza, y, enseñando la comunicación al barón, dijo:

—¿Empieza usted a creer, señor, que sus paredes tienen ojos y oídos?

—No lo comprendo —respondió el señor d’Imblevalle, aturdido.

—Yo tampoco. Pero lo que sí comprendo es que aquí no se hace un movimiento que no sea visto por él, ni se dice una palabra que él no oiga.


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