Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes —Sí… Tres hombres… Acaban de detenerse a dos pasos de aquí.
El pescador se puso la caña debajo del brazo, sacó del bolsillo un cuadernillo, escribió en una de las páginas, la arrancó y se la tendió a Sholmes.
Un estremecimiento sacudió al detective. De una ojeada había visto, en el centro de la página que tenía en la mano, la serie de letras recortadas del álbum.
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Un pesado sol caía sobre el río. El hombre había vuelto a su tarea, protegido bajo la ancha ala de un sombrero de paja, con el saco y el chaleco doblados a su lado. Pescaba atentamente, mientras el flotador de su caña se mecía al filo del agua.
Transcurrió un minuto largo, un minuto de silencio solemne y terrible.
«¿Es él?», pensaba Sholmes con ansiedad casi dolorosa.
Y la verdad se abrió paso:
«¡Es él! ¡Es él! Sólo él es capaz de permanecer así, sin un temblor de inquietud, sin temor a nada de lo que va a pasar… ¿Y quién más sabría esta historia del álbum? Alice lo ha prevenido con un mensajero».