Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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De pronto, el inglés sintió que su mano, que su propia mano, había agarrado la culata del revólver y que sus ojos se fijaban en la espalda del individuo, por debajo de la nuca. Un ademán y todo el drama llegaría al desenlace: la vida del aventurero terminaría miserablemente.

El pescador no se movió.

Sholmes apretó nervioso el arma con el deseo voraz de disparar y de terminar con él y, al mismo tiempo, con el horror de un acto que repugnaba a su forma de ser. La muerte era segura. Todo habría terminado.

«¡Ah! —pensó—. Que se ponga de pie, que se defienda… si no, tanto peor para él… Un segundo más… y disparo.»

Pero un ruido de pasos le hizo volver la cabeza y vio a Ganimard, que llegaba en compañía de dos inspectores.

Entonces, cambiando de idea, tomó su decisión. De un brinco saltó dentro del bote, cuya amarra se rompió bajo el empuje demasiado fuerte, cayó sobre el hombre y lo cogió entre sus brazos. Rodaron al fondo del bote.

—¿Y después, qué? —preguntó Lupin, debatiéndose—. ¿Qué prueba esto? Cuando uno de nosotros haya reducido al otro a la impotencia, el bote estará muy alejado. Ni usted sabrá qué hacer conmigo, ni yo con usted. Permaneceremos aquí como dos imbéciles…


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