Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes —Tiene usted razón, señor. Estaba equivocada… En efecto, no entré por aquÃ. Pasé por el vestÃbulo, bajé al jardÃn y utilizando una escalera…
Supremo esfuerzo de devoción… ¡Pero inútil! Las palabras sonaban a falsas. La voz era insegura, y la dulce criatura no tenÃa ya sus ojos lÃmpidos ni su aire de sinceridad. Bajó la cabeza vencida.
El silencio fue atroz. La señora d’Imblevalle esperaba, lÃvida, suspendida por la angustia y el espanto. El barón parecÃa debatirse aún, como si no quisiera creer en el resquebrajamiento de su felicidad.
Al fin balbució:
—¡Habla! ¡ExplÃcate!…
—No tengo nada que decir, querido —dijo en voz baja, con el rostro contraÃdo por el dolor.
—Entonces…, la señorita…
—La señorita me salvó…, por devoción…, por afecto… Y se acusaba…
—¿De qué te salvó?… ¿De quién?
—De ese hombre.
—¿De Bresson?
—SÃ. Era a mà a quien amenazaba… Le conocà en casa de una amiga, y fui tan loca que le escuché… ¡Oh, nada que tú no puedas perdonar!… Sin embargo, escribà dos cartas…, dos cartas que tú verás… Las rescaté…, ya sabes cómo… ¡Oh, ten piedad de mÃ!… ¡He sufrido tanto!…