Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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—¡Tú! ¡Tú, Suzanne!

Con frases entrecortadas, Suzanne contó la desconsoladora y trivial aventura, su despertar asustada ante la infamia del personaje, sus remordimientos, su confusión, y habló también de la admirable conducta de Alice. La joven, adivinando la desesperación de su señora, le arrancó su confesión, escribió a Lupin y organizó esta historia del robo para salvarla de las garras de Bresson.

—Tú, Suzanne, tú… —repetía el señor d’Imblevalle, contraído, anonadado—. ¿Cómo pudiste…?

Aquel mismo día por la noche, el barco Villa de Londres, que hace el servicio entre Calais y Dover, se deslizaba lentamente por el mar inmóvil. La noche era oscura y tranquila. Espesas nubes se adivinaban por encima del barco y, rodeándolo, ligeras brumas lo separaban del espacio infinito, donde debía desparramarse la blancura de la luna y de las estrellas.

La mayoría de los pasajeros se había retirado a sus camarotes o refugiado en los salones. Sin embargo, algunos más intrépidos se paseaban por el puente o bien dormitaban en sillas extensibles, cubiertos con gruesas mantas. Aquí y allá se veía el resplandor de los cigarrillos y se oía, mezclado con el suave susurro de la brisa, el murmullo de voces que no se atrevían a alzarse en el gran silencio solemne.


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