Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes Uno de los pasajeros, que deambulaba con paso regular a lo largo de la cubierta, se detuvo junto a una persona tendida en una silla, la observó y, como viera que se movÃa un poco, le dijo:
—CreÃa que dormÃa usted, señorita Alice.
—No, no, señor Sholmes. No tengo ganas de dormir. Meditaba.
—¿En qué? ¿Es indiscreto preguntárselo?
—Pensaba en la señora d’Imblevalle. ¡Debe de estar tan triste! Su vida está deshecha.
—No, no —dijo Sholmes—. Su error es de los que se perdonan. El señor d’Imblevalle olvidará esa debilidad. Ya cuando partimos la miraba con menos dureza.
—Tal vez, pero olvidarlo le llevará tiempo, y ella sufre.
—¿La quiere usted mucho?
—Mucho. Eso fue lo que me dio fuerzas para sonreÃr cuando temblaba de miedo; para mirarlo a usted cara a cara cuando hubiese querido bajar los ojos.
—¿Y se siente desgraciada por dejarla?
—Muy desgraciada. No tengo parientes ni amigos… No tenÃa a nadie más que a ella.
—Tendrá amigos. Se lo prometo —dijo el inglés, a quien esta pena le agobiaba—. Yo tengo amistades…, mucha influencia… Le aseguro que no lamentará usted su determinación.