Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes —Doscientos sesenta mil…, doscientos setenta mil…, setenta y cinco…, ochenta —proferÃa el subastador, interrogando sucesivamente con la mirada a los dos competidores—. Doscientos ochenta mil…, para la señora… ¿Nadie da más?
—Trescientos mil —murmuró Herschmann.
Un silencio. Observaban a la condesa de Crozon. De pie, sonriente, pero con una palidez que denunciaba su malestar, se apoyaba en el respaldo de la silla colocada ante ella. En realidad sabÃa, y todos los presentes lo sabÃan también, que el resultado del duelo no era dudoso: lógicamente, fatalmente, debÃa terminar con la victoria del financiero cuyos caprichos se hallaban servidos por una fortuna de más de quinientos millones. No obstante, dijo:
—Trescientos cinco mil.
Otro silencio. Las miradas se volvieron hacia el rey de las minas de oro, a la espera de la inevitable subida. Era evidente que se producirÃa, fuerte, brutal, definitiva.
Pero no se produjo. Herschmann permaneció impasible, con los ojos fijos en una cuartilla de papel que sostenÃa con su mano derecha, mientras que en la otra conservaba los trozos de un sobre desgarrado.
Herschmann no abrió la boca. Un último silencio. El martillo cayó.